INTERNACIONAL
22/10/2026
China, Estados Unidos y la carrera por un nuevo tipo de imperio basado en la inteligencia artificial
Fuente: Netfan Servicios
Ferguson, Lisa Klaassen y Eric Schmidt sostienen en Foreign Affairs que el dominio sobre chips, modelos, energía y financiamiento permite a Pekín y Washington condicionar la innovación mundial en múltiples sectores
China y Estados Unidos han construido, en apenas unos años, algo que los historiadores del futuro podrían reconocer como un nuevo tipo de imperio. Así lo plantean el historiador Niall Ferguson, la investigadora Lisa Klaassen y el exdirector de Google Eric Schmidt en un ensayo publicado en Foreign Affairs, donde sostienen que el dominio de ambas potencias ya no se limita al territorio, las rutas comerciales o el espacio aéreo, sino que se extiende sobre el conocimiento mismo.
Según los autores, al controlar los grandes modelos de lenguaje, los semiconductores, la infraestructura física y el capital que sostienen la cognición artificial avanzada, Pekín y Washington no solo alcanzan nuevos niveles de poder económico y militar: también fijan los términos de todo progreso científico e intelectual futuro. El término "superpotencias de la IA", advierten, resulta insuficiente para describir la influencia que ambos rivales ejercen sobre el resto del mundo.
El ensayo recurre a la historia imperial como advertencia. Los imperios, señalan los autores, rara vez caen ante un enemigo externo o "los bárbaros a las puertas": más frecuentemente fracasan porque defender sus dominios los agota, ya sea en recursos materiales, en el consentimiento de los gobernados o en la lealtad de sus élites. Ese colapso puede ser financiero, como le ocurrió al Imperio británico después de 1945, cuando las deudas de dos guerras mundiales obligaron a Londres a liquidar sus activos imperiales. También puede ser institucional, como en el caso de la dinastía Qing a fines del siglo XIX, o tecnológico, como demostró el acorazado Dreadnought de 1906, que volvió obsoleta de la noche a la mañana a toda la flota de batalla del Reino Unido y abrió la puerta a rivales como Alemania.
La inteligencia artificial es imperial de dos maneras, según el ensayo. Por un lado, Washington y Pekín ya exhibían rasgos de imperio antes de que comenzara la carrera por la IA: el primero combina primacía militar global con un sistema de alianzas sin parangón y el control de la moneda que domina el comercio internacional; el segundo reúne dominio industrial y de cadenas de suministro, la mayor armada del mundo y un control creciente sobre la infraestructura física y digital de países de África, Asia y América Latina. Para ambos, la IA es una forma de extender un poder que ya poseían.
Por otro lado, la IA es por naturaleza una sustancia imperial. Quien produce y controla los modelos de frontera obtiene una influencia global sobre la innovación, la producción, la ciencia, la cultura y, en última instancia, el pensamiento avanzado, de forma comparable a como la plata sostuvo a la España de los Habsburgo o el petróleo definió el "siglo americano".
Lo que distingue a estos imperios de la IA de sus antecesores no es la ambición, sino la velocidad: el ciclo imperial clásico (expansión, sobreextensión, tensión, desmoronamiento) que antes se desplegaba a lo largo de un siglo o un milenio, ahora ocurre a la velocidad de las máquinas, según plantean Ferguson, Klaassen y Schmidt.
Los autores identifican en la IA el retorno de la escasez como principio organizador del poder. Entre los años 1970 y 2010, el software escapó a esa lógica porque podía producirse en masa a costo casi nulo sobre silicio abundante y barato. Las leyes de escalado que rigen el rendimiento de los modelos (en función de parámetros, datos y capacidad de cómputo) rompieron esa excepción: el progreso ahora depende de energía, minerales críticos, chips avanzados y capital a escala masiva, lo que convierte la producción de la tecnología en un asunto geopolítico.
Esa estructura tiene, además, un patrón de centro y periferia: el control de la IA de frontera y sus beneficios se concentran en un puñado de empresas de China y Estados Unidos, mientras los insumos (minerales de la República Democrática del Congo e Indonesia, o trabajadores de Kenia y Filipinas que etiquetan datos por pocos dólares la hora) se extraen de la periferia, se refinan en el centro y se revenden con sobreprecio.
Como ocurrió con el Imperio británico, que dominó el mundo no tanto por sus posesiones territoriales como por el control de estaciones de carbón, el canal de Suez o los cables telegráficos submarinos, el ensayo sostiene que la IA se organiza en torno a cuellos de botella: chips, minerales y modelos que las metrópolis pueden activar o desactivar según convenga. Una diferencia central entre ambos imperios, señalan los autores, es que el chino es un acto de Estado deliberado (formalizado en un plan del Consejo de Estado de 2017 para liderar la IA global hacia 2030) mientras que el estadounidense surgió del capital privado y una postura regulatoria de no intervención.
Los autores comparan a las grandes firmas de IA de frontera, como OpenAI y Anthropic, con las compañías de las Indias Orientales de la era imperial europea: entidades que negocian con presidentes y gobiernos en términos que ellas mismas fijan, intercambiando acceso a modelos y centros de datos por tierra, energía y capital soberano. Los acuerdos alcanzados durante la visita del presidente estadounidense Donald Trump a Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos en mayo de 2025, cuando empresas de IA y chips ofrecieron tecnología avanzada a cambio de petrodólares y energía barata, equivalen, según el ensayo, a concesiones imperiales en todo menos en el nombre.
Pese a su apariencia de autonomía, estas empresas no pueden mover un solo chip ni construir un centro de datos sin autorización estatal. En Estados Unidos, la Administración Trump se ha abstenido de regular los modelos con rigor y ha agilizado los permisos para centros de datos, pero exige acceso privilegiado para agencias de defensa e inteligencia y cumplimiento estricto de los controles de exportación. En China, el Estado aporta lo que el mercado no ofrece (tierra, energía, capital) a cambio de que los modelos pasen revisiones de seguridad e ideológicas de la Administración del Ciberespacio de China.
Cada metrópoli ofrece además un relato que legitima su dominio: Washington presenta su ecosistema tecnológico, bajo la llamada "Pax Silica" del Departamento de Estado, como un espacio "confiable" frente a las "dependencias coercitivas" del sistema chino; Pekín responde presentando sus modelos de código abierto como un bien público global y advirtiendo contra lo que el líder chino Xi Jinping calificó de "nuevas injusticias históricas".
En cuanto a capacidades, el ensayo sitúa a Estados Unidos con una ventaja de unos seis meses en chatbots avanzados y herramientas de software, mientras China lidera en dominios "encarnados" como la robótica y la automatización industrial, impulsada por el llamado a una "revolución robótica" lanzado por Xi en 2014. En los cuellos de botella, ambas potencias son imágenes especulares: China tiene electricidad abundante y el monopolio casi global de tierras raras, pero no puede fabricar chips de última generación; Estados Unidos domina los semiconductores y los modelos de frontera, pero carece de minerales y su red eléctrica no da abasto con la demanda de sus centros de datos.
Los autores identifican el capital como el recurso más probable para determinar la duración de ambos imperios. Así como la libra esterlina y la City de Londres financiaron al Imperio británico, el dólar y Wall Street sostienen el orden estadounidense de la IA: al poseer la moneda de reserva dominante, Washington puede financiar la expansión de sus centros de datos con el ahorro ajeno. China, en cambio, debe financiarse desde adentro, a través de un sistema bancario dirigido por el Estado.
Las grandes tecnológicas estadounidenses comprometieron más de 600.000 millones de dólares en gasto de capital para 2026, financiado en buena parte con mercados de crédito público y privado. Según un plan preliminar citado por la agencia Bloomberg, Pekín prevé gastar 295.000 millones de dólares en cinco años, financiados principalmente con bonos soberanos de largo plazo, para desplegar una red nacional de centros de datos operados por empresas estatales.
Ambos países arrastran además cargas de deuda previas ajenas a la IA: en Estados Unidos, el déficit federal de 2 billones de dólares refleja los costos crecientes de los programas de Seguridad Social y Medicare; en China, los gobiernos locales acumularon billones de dólares de deuda extracontable destinada a infraestructura y bienes raíces. El ensayo recupera la idea del llamado "límite de Ferguson": Estados Unidos lo cruzó en 2024, cuando pagó más en intereses de deuda (unos 881.000 millones de dólares) que en defensa (unos 874.000 millones). De mantenerse la trayectoria actual, los pagos de intereses duplicarán el presupuesto de defensa hacia 2036.
El ensayo plantea varios futuros posibles para los dos imperios. En el primero, el desafiante supera al titular, como ocurrió cuando Alemania y Estados Unidos sobrepasaron económicamente al Reino Unido a comienzos del siglo XX al llevar más lejos sus propias innovaciones. En el segundo, el imperio dominante se agota en sus propios recursos, como le sucedió al Reino Unido tras ganar las dos guerras mundiales pero quebrar en la victoria. Un tercer escenario contempla el estancamiento de la innovación en una de las dos potencias, y un cuarto, la rebelión interna: en Estados Unidos, la reacción contra la construcción de centros de datos en estados como Texas y Utah; en China, el temor de que la naturaleza modificable de los modelos de código abierto erosione el sistema de control de información del Partido.
El riesgo de una rebelión de la propia tecnología también aparece en el texto, que menciona un ataque de cientos de agentes autónomos de un modelo de OpenAI contra la plataforma Hugging Face en julio como indicio de que los modelos más avanzados podrían escapar al control de sus propios creadores.
El escenario de mayor riesgo identificado por los autores es una guerra en torno a Taiwán. La empresa taiwanesa de semiconductores TSMC, ubicada a 150 kilómetros (90 millas) de la costa china, es descrita como el nodo central de toda la cadena de la IA: bastaría con que Pekín tomara el control de la isla para debilitar la supremacía de los modelos estadounidenses. Frente a ese riesgo, el ensayo menciona la construcción de plantas de TSMC en Phoenix (Arizona), Kumamoto (Japón) y Dresde (Alemania) como un intento de reducir esa dependencia.
Como alternativa a la confrontación, los autores proponen revisar los acuerdos de la Guerra Fría, como el Tratado de No Proliferación Nuclear o los tratados de limitación de armas estratégicas, como modelo para una eventual distensión entre Pekín y Washington en materia de inteligencia artificial, por ejemplo mediante compromisos de no liberar modelos por encima de un determinado nivel de capacidad en dominios como el ciberataque o el diseño biológico.
Los imperios, concluyen Ferguson, Klaassen y Schmidt, requieren recursos y capital enormes para sobrevivir, y terminan agotándose en la defensa de sus propios dominios. La inteligencia artificial, advierten, es el proyecto imperial más intensivo en capital de la historia, emprendido por dos superpotencias ya cargadas de deuda, en un proceso que avanza a una velocidad que excede la capacidad de ambos sistemas políticos para mantenerlo bajo control.
Fuente: Netfan Servicios