CULTURA
17/02/2026
“Cumbres borrascosas” es la nueva “50 sombras de Grey”: el cruce que no necesitabas
Fuente: telam
La película parece un intento fallido de evocar el libro erótico que causó polémica. Tendría que haber algunos acuerdos para versionar clásicos
¿Hay algo de todo esto en la última adaptación cinematográfica de Cumbres borrascosas de Emerald Fenell? Pues no. Claramente la directora hubiera querido escribir o dirigir 50 sombras de Grey (O para el caso Bridgerton, otro claro ejemplo de honestidad intelectual, que no pretende otra cosa que lo que bien logra hacer) y en un desparpajo de estilo rococó brillante y totalmente alejado de la estética de la novela, llega con una clara ambición comercial: traducir la grave y ambigua novela de Emily Brontë a un cine de efecto inmediato y búsqueda erótica. Ella misma comentó en una entrevista en The Guardian: “Hay una enorme cantidad de sadomasoquismo en este libro”. Y vaya si lo logra: el lenguaje del drama erótico en esta versión cinematográfica es impecable: primeros planos íntimos (el abuso de su lengua que tuvo que hacer el pobre Elordi), contacto coreografiado y un diseño de sonido que acentúa la inmediatez y, por sobre la densa red de causas y consecuencias de la novela, reduce la historia a una serie de momentos intensos. El resultado es un Heathcliff y una Catherine que son nuevas versiones de Christian y Anastasia mas que las figuras históricamente fundamentadas y moralmente ambivalentes que Brontë creó.
Cuando aparecen la coacción, la venganza o la crueldad, se estilizan como parte de un cuadro apasionado en lugar de cuestionarse como fuerzas éticas o sociales. De este modo, la adaptación reduce la ambigüedad moral a la emoción de los personajes, invitando a la simpatía sin exigir responsabilidad. En esto se parece mucho a lo que hizo Guillermo del Toro con Frankenstein. Pareciera ser que estamos en una “era Disneylandia” en la que todo tiene que ser tamizado para no herir susceptibilidades o peor, debemos asistir sin cuestionar a los delirios, traumas de infancia, fantasías sexuales o simplemente caprichos de directores que, con todo el dinero del mundo, se apropian de textos fundamentales de la literatura universal para hacerles decir lo que ellos consideran que tendrían que haber dicho.
Todos tendríamos que estar de acuerdo en dos o tres cosas a la hora de adaptar un clásico. Tal vez una de ellas debiera ser respetar los hilos conductores de la trama, que se haga visible de la manera que los directores y su arte decidan. Una responsabilidad fundamental al adaptar a Brontë es mantener el cuestionamiento del poder entre géneros y clases. El lenguaje erótico moderno de la película de Emerald Fenell borra toda la ecuación del deseo vs el deber ser e invita con demasiada frecuencia a la complicidad al suavizar la incomodidad, la frustraciòn, el dolor y la angustia con glamour. Al poner en primer plano el espectáculo, la película disminuye drásticamente la insistencia del libro que las relaciones humanas son complejas cuanto más atravesadas están por los constructos sociales, las ideas religiosas y las premisas legales que intervienen en la vida privada. Emily Brontë, nació el 30 de julio de 1818, el mismo año en que Mary Shelley, con 18 años, publicó Frankenstein. Escribió Cumbres borrascosas a mediados de la década de 1840, por lo que tenía entre 26 y 27 años cuando la creó y 29 cuando se publicó en diciembre de 1847. La firmó bajo el seudónimo masculino “Ellis Bell” porque por su condición de mujer no le estaba permitido publicar. La recepción crítica en su momento fue en gran medida hostil y escandalosa: los críticos condenaron la crudeza, la ambigüedad moral y la pasión violenta de la novela, calificando a sus personajes de antinaturales o brutales y objetando su falta de moralismo convencional. Los defensores eran escasos hasta que la influyente nota biográfica y el trabajo editorial de su hermana Charlotte Brontë para la edición póstuma de 1850 ayudaron a rehabilitar la reputación de Emily. Desde ese momento, los críticos y lectores comenzaron a reconocer la originalidad y el poder psicológico de la novela. Mucho de eso lo cuenta de manera brillante Laura Ramos en su precioso Infernales: la hermandad Brontë.
Fuente: telam
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