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30/08/2025

“Paranoia”, lo nuevo de Daniel Guebel: cómo es la novela que desafía los límites de la realidad

Fuente: telam

La obra explora la delgada línea entre lo verdadero y lo ficticio a través de relatos independientes que abordan secretos, conspiraciones y deseos

>La exploración de los límites entre la realidad y la ficción se convierte en el eje central de Paranoia, la más reciente novela de Daniel Guebel, publicada por Interzona, donde el autor despliega una narrativa en la que mentiras, secretos y conspiraciones se entrelazan hasta desdibujar cualquier certeza. A través de tres relatos independientes, la obra examina la fragilidad de lo verdadero y la pulsión por sostener ficciones, sumergiendo al lector en un universo donde el amor, la paranoia y el delirio se confunden y se oponen con igual intensidad.

La novela sitúa a padres, hijos, amantes y agentes secretos en un vórtice narrativo donde todo se vuelve sospechoso, contradictorio y enrarecido. Paranoia se erige así como una indagación sobre la naturaleza ambivalente del deseo y la narración, donde el amor se confunde con la manipulación, la ternura se transforma en amenaza y el delirio se convierte en método. En palabras del propio texto, “Después de todo, ¿hay algo más creativo que una mente paranoica?”

La trayectoria de Daniel Guebel ha sido reconocida por su amplitud de registro y su capacidad para transitar de la invención más desenfrenada a la crudeza del documentalismo autobiográfico, como lo ha destacado Alan Pauls. Con más de treinta libros publicados, su obra abarca novelas, cuentos y teatro. Entre sus títulos más destacados figuran El absoluto —galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras, el Premio Nacional y el Premio Municipal de novela—, El hijo judío —que recibió el Premio de la Crítica de la Feria del Libro al mejor libro de creación literaria en 2019—, Mis escritores muertos, Enana blanca, La vida por Perón, Derrumbe, Nina y El caso Voynich, entre otros. Su producción ha sido traducida al inglés, francés, italiano, ruso y portugués.

Nacido en Buenos Aires, Guebel ha desarrollado una carrera multifacética como escritor, periodista, guionista de cine y dramaturgo. Entre sus obras teatrales se encuentran Adiós Mein Führer, Tres obras para desesperar, La patria peronista y Padre, así como Dos obras ordinarias —en coautoría con Sergio Bizzio—, que reúne “La China” y “El Amor”. Su bibliografía incluye también novelas como Arnulfo o los infortunios de un príncipe, La perla del emperador, Los elementales, Matilde, Cuerpo cristiano, El terrorista, El perseguido, El día feliz de Charlie Feiling (junto a Sergio Bizzio), Carrera y Fracassi, Ella, Las mujeres que amé, y colecciones de cuentos como El ser querido, Los padres de Sherezade, La carne de Evita y Genios destrozados (tomos 1 y 2). Actualmente, se desempeña como editor de libros de investigación periodística y colabora en diversos medios de comunicación.

A continuación, las primeras páginas de Paranoia: el apartado 1 de primer capítulo:

Un día de otoño, sin conocer bien los motivos, interrumpí mi relación con María. Luego de un tiempo me pesó su ausencia y entonces la busqué. En la dulzura de los primeros momentos de reconciliación, ella se entregó como nunca antes y decidió confiarme aspectos de su vida de los que yo no tenía noticia. Al principio me relataba antiguos acontecimientos familiares, los cuentos de la infancia. Después avanzó en las fechas y se acostumbró a llamarme al teléfono de línea y soltar sus anécdotas a altas horas de la noche. Podía detenerse, recomenzar o retroceder en los temas en un fluir sin principio ni fin. En ocasiones yo me levantaba del sillón y sin hacer ruido iba a la cocina, ponía a calentar el agua, volvía a sentarme, alzaba el tubo del teléfono, murmuraba un sí o un no, al rato iba de nuevo a la cocina, me preparaba un té y regresaba. María no advertía esas ausencias y eso me molestaba. Me molestaba que estuviera tan segura de mi interés, dijera lo que dijese.

María gritaba de dolor y de miedo: estaba segura de que ambos morirían en el parto. Empezó a sentir que le faltaba el aire y tuvieron que colocarle una máscara de oxígeno; se desmayó por unos instantes. Al volver, en medio de las brumas de la semiconsciencia vio que entre sus piernas aparecía una lenta y sangrienta cosa amarilla, un monstruo que colgaba de la soga de los ahorcados. El obstetra maniobró para evitar que la criatura se ahogara. Apenas lo hizo, Adrián, que aún permanecía a medias dentro del cuerpo de la madre, soltó el quejido de los desgraciados. Después salió.

Marcelo terminó por irse. Cada tanto volvía a la madrugada, fuera de sí. Mezclaba alcohol con estimulantes, antidepresivos y cocaína. Golpeaba la puerta hasta que María le abría. Entonces corría al cuarto de Adrián y lo abrazaba contra su pecho, tan fuerte que lo hacía llorar. Marcelo lloraba también, apretaba su cara contra la cara de Adrián y le decía: “Hijito mío adorado, tu mamá me echó, me siento muy infeliz sin vos”. Luego le pedía a María que lo dejara dormir allí y se acostaba en el piso, ante la puerta del cuarto, como un perro guardián. Ella lo odiaba tanto que a veces se levantaba temprano por la mañana y lo despertaba a puntapiés. Marcelo se doblaba sobre sí mismo, se cubría la cabeza con las manos, salía corriendo de la casa y no regresaba por semanas, o meses.

La escena se repetía con alguna que otra variación. A los dos o tres años de su nacimiento, Adrián no daba señales de reconocer a María, pero en su presencia se mantenía en calma. En cambio chillaba cuando se le acercaba otra persona. Soltaba unos agudos cristalinos, transparentes, sin modulación, hasta que se le acababa el aire.

María inició un juicio a la empresa de medicina prepaga para que cubriera los gastos y otro a Marcelo en demanda de la cuota alimentaria. Pero los juicios se extendían y ramificaban, las partes pedían pruebas y contrapruebas y cada dos por tres ella cambiaba de abogados, segura de que habían sido sobornados por la prepaga o por el propio Marcelo. Cuando la conocí, se la pasaba visitando estudios jurídicos. Para cada una de sus salidas debía conseguir una cuidadora, porque Adrián no podía quedarse solo. Después de una jornada de recorridos agotadores (abogados, auditorías), a medida que se iba acercando a su casa escuchaba el crescendo de los agudos de su hijo, las voces de una u otra cuidadora –no duraban más de un par de semanas– tratando de calmarlo y los gritos de los vecinos.

Su situación me conmovía. Le ofrecí ayuda y María aceptó de inmediato. Consulté con especialistas en trastornos de la infancia, con neurólogos, con psicólogos. Tuve respuestas y propuestas que le transmití. Ella se mostró aliviada, me dijo que yo era su única tabla de salvación –“mi vida sería mucho más horrible sin vos”– y me pidió que le gestionara encuentros con los especialistas. Pero a los pocos días las secretarias de los médicos me avisaban que María había faltado a la cita y preguntaban si pedía un nuevo turno. También me pedían que abonara la consulta perdida. En esas oportunidades, ante mis reproches, María alegaba exceso de problemas, cansancio, confusión y olvidos, manifestaba arrepentimiento y voluntad de enmienda.

Una vez, sin embargo, me refirió una escena en la que aparecía algo semejante a un punto de claridad. Un par de días antes, me dijo, la nueva cuidadora había faltado a sus tareas sin dar aviso y cuando llegó el mediodía se dio cuenta de que necesitaba comprar algunos comestibles para preparar el almuerzo. En general, hacía sus pedidos por internet o por teléfono a una de las grandes cadenas mayoristas y se los alcanzaba la camioneta de reparto, pero el sindicato de empleados del transporte alimenticio había iniciado una huelga en demanda de aumentos salariales, lo que interrumpía la distribución. Como única alternativa le quedaban los supermercados chinos del barrio, que nunca se plegaban a las medidas de fuerza porque pertenecían a un sindicato único: la mafia china. María evaluó la posibilidad de comprar todo a los apurones y volver corriendo a su casa antes de que Adrián entrara en crisis al notar su ausencia, pero desistió de la idea: él nunca había estado solo, ni un segundo. Explicarle la necesidad de su salida era imposible. Su hijo no discernía entre “yo”, “mamá”, “vos”, “nosotros”, “ellos”, o “eso”. Y a su edad todavía usaba pañales. La única alternativa era llevarlo con ella.

Y encima llovía. Una lluvia fina, que volvía resbaladiza la vereda. Adrián amagó con retorcerse sobre sí mismo cuando María se le acercó. Era lo habitual. Después venían gritos o mugidos acompañados de llanto. Ella le habló suavemente, sabiendo que no servía de nada. Sin embargo, en esa ocasión, quizá porque había estado mirando a través de la ventana con algo parecido a un gesto de curiosidad, Adrián dejó que su madre lo tocara, primero con un dedo, después con dos, durante unos segundos. María preveía retirarlos apenas Adrián tuviera la menor reacción. Pero nada ocurrió. Entonces volvió a hablarle, le dijo lo que harían. Él no mostró interés por la explicación, seguía el movimiento de las gotas de agua que se deslizaban sobre el vidrio. María buscó la dirección de su mirada y dijo: “Lluvia”.

Llegaron a la puerta del supermercado chino. Sentada sobre las rodillas del cajero, una chinita de no más de cinco años jugaba con un ábaco. Al ver a Adrián, le sonrió. Adrián no pareció reparar en el gesto de la niña. Sin embargo, se soltó de la mano de la madre, se aproximó al mostrador y tendió la mano en dirección del ábaco. La niña se lo dio y Adrián empezó a pasar las cuentas con tanta rapidez que los pequeños discos parecían a punto de fundirse unos con otros. María creyó que los colores de las cuentas le habían llamado la atención y que buscaba combinarlos, como más de una vez había hecho con las plastilinas: después de amasarlas hasta conseguir una masa informe y tirando a violácea o verdosa, las arrojaba contra la pared o se las frotaba por el cuerpo, llegando incluso a masticarlas. Pero ahora no parecía alterado, solo concentrado en lo que hacía. La cuestión era, ¿cómo separarlo del juguete?

María estaba pensando en los trucos que debería usar para conseguir su objetivo y comenzar con las compras, cuando advirtió que Adrián, además de manejar el ábaco como un experto, murmuraba algo, una especie de letanía. Al agacharse para escuchar mejor se dio cuenta de que su hijo estaba haciendo cálculos.

Fuente: telam

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